martes, 20 de mayo de 2008

Carpe diem frente a la utopía

Alexander Herzen, uno de los escritores políticos rusos del siglo XIX que contribuyeron a expandir las luces de la revolución francesa en el corazón de la tundra, aborrecía la idea escatológica de un futuro idílico de la humanidad; renegaba de la idea de un progreso inevitable al que se ofrendaban las mayores crueldades en el presente. Esta es una doctrina que ataca la vida humana, decía. El fin de cada generación es ella misma. La vida como la libertad son fines en sí mismos, y no deben sacrificarse en nombre de ningún ideal. Actuar de esta guisa es cometer un acto de sacrificio humano. Por ello, desconfía, como sugiere Ayn Rand, de todo aquél que llama al sacrificio, y pregúntate quién será el gran beneficiado. Desconfía de las frases hueras que prometen verdes praderas. Desconfía de la palabra Paz; Bien Común; Generaciones Futuras, especialmente si exigen el sacrificio de tu libertad. No desperdicies tu vida. La vida no se vive en la cara del otro, como dice Levinas en su pomposa alteridad. ¡Patrañas! No sacrifiques la lozanía de tu risa. No sacrifiques tu felicidad. No le faltaba razón a Vassili Grossman cuando afirmó que la historia de la humanidad es la historia de la libertad. Y la primera víctima de sus enemigos es la verdad. Y nuestra única arma: la razón. (El Rincón de Lord Acton).

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